Marta y Diego

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Marta y Diego llevaban dos años buscando piso en Madrid. Cada visita era la misma historia: cuarenta metros, sin luz, y un precio que subía cada vez que se lo pensaban dos días.
Un fin de semana subieron a Segovia a ver a unos amigos y, casi de broma, entraron en una inmobiliaria del pueblo. Lo que en Madrid les daba para un estudio, aquí era una casa de pueblo con patio y dos plantas. La pega: llevaba diez años vacía y no sabían por dónde empezar.
Ahí entramos nosotros. Hicimos la visita técnica, les dijimos sin adornos qué estaba bien y qué no —el tejado aguantaba, la instalación eléctrica había que rehacerla entera—, y les pusimos números reales sobre la mesa. No un presupuesto de folleto, sino lo que de verdad iba a costar dejarla habitable.
Seis meses después, Marta trabaja desde una habitación que da al campo. No fue rápido ni salió gratis, pero por primera vez la casa es suya de verdad.
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